Los hechos ocurridos hace unas semanas en Israel, Cisjordania y Gaza y sus trágicas consecuencias -una vez más las víctimas ha sido abrumadoramente palestinas- nos vuelven a plantear el dilema ético sobre la legitimidad del uso de la violencia, tanto en sentido ofensivo como defensivo.
Debido al respeto a la memoria del holocausto judío y, por tanto, al origen de la creación del Estado de Israel, los acontecimientos también nos han devuelto, en este caso, el problema de la oportunidad o impertinencia de su denuncia. En términos generales, criticar la política que el gobierno de Israel despliega en lo que queda de los territorios palestinos -en sus múltiples y sofisticadas necropolíticas formas militares y civiles, sociales y económicas – suele ser considerada casi siempre como antisemita, porque cualquier enunciado negativo, sea el que sea, supondría poner en cuestión su derecho legítimo a defenderse. Por ejemplo, el caso de la periodista Alison Weir, autora de La historia oculta de la creación del Estado de Israel (Capitán Swing, 2012) que ha contado en varias ocasiones cómo, nada más publicar el libro y de forma inmediata, el lobby proisraelí comenzó a lanzar acusaciones de todo tipo contra ella (es verdad que tampoco podemos olvidar que no han dejado de resurgir movimientos anti judíos por todo el mundo, como lo demuestran las recientes imágenes de una joven falangista en Madrid proclamando, con un expresivo desprecio, que el judío siempre es culpable). Tampoco se puede obviar que tras ciertas estrategias del actual gobierno palestino y sus aliados, lamentablemente, también se esconde un odio profundo contra los judíos. Sin embargo, a pesar de ello, nunca deberíamos olvidar que cualquier análisis sensato de la situación ha de tener en cuanta que la confrontación se retroalimenta de una larga historia colonial de usurpación y apropiación de tierras, riquezas y recursos, y el sometimiento de la población que las potencias imperialistas occidentales desplegaron en todo el mundo, incluido el reparto de Oriente Medio. Así pues, la interpretación de los hechos actuales debería servir para agudizar el sentido crítico, seguir profundizando en sus causas y consecuencias y, por tanto, en su justa resolución.
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