APRENDER DEL ECOLOGISMO

Es paradójico que en las grandes cumbres políticas, económicas o medioambientales promovidas por organismos o coaliciones internacionales, como en la recién celebrada del G7 en Biarritz, se hable mucho sobre la paz mundial, la igualdad o la economía “sostenible”, al mismo tiempo que sus líderes y aliados locales menosprecian o incluso criminalizan a los movimientos y activistas ecologistas. Estas reacciones son bastante contradictorias con la retórica que predican si tenemos en cuenta que, desde los años sesenta del siglo pasado, el ecologismo político ha sido la auténtica punta de lanza de la investigación medioambiental y pionero en la aplicación de cambios en los sistemas productivos y de consumo, absolutamente necesarios para frenar el cambio climático y sus consecuencias más devastadoras.

La mayoría de los partidos gubernamentales suelen ir a remolque de las presiones que vienen ejerciendo l*s ecologistas desde hace décadas: por supuesto los gobiernos más liberales y conservadores, que en algunos casos todavía siguen negando el cambio climático -por ahí andaba Bolsonaro vociferando contra el ecologismo indigenista mientras ardía la Amazonía (cuya flora aporta cerca del 20% del oxígeno a la atmósfera global) y diciendo que impedir su explotación frena el progreso del país- pero también muchos socialdemócratas, que mantienen un discurso reformista moderado, muy poco efectivo a la hora de modificar la estructura económica del sistema que rige la economía mundial y la superestructura ideológica que lo sustenta. Ambas van de la mano. Seguir leyendo «APRENDER DEL ECOLOGISMO»

HUMANIDADES EN ACCIÓN CONVERSACIÓN CON MARINA GARCÉS

Hace unas semanas, en el centro cultural Koldo Mitxelena de Donostia/San Sebastián, mantuve una larga conversación (aquí está el video de la grabación) pública con la filósofa Marina Garcés. El diálogo tuvo lugar en el marco de un ciclo de conferencias cuyo principal objetivo, en palabras de su director Patxi Presa, era analizar el papel de las bibliotecas como espacios de encuentro, generación de conocimiento y como herramientas para hacer posible el pensamiento crítico y el fomento de las humanidades.

Muchos podríamos asumir ese enunciado porque, expuesto fuera de contextos específicos y despojado de cualquier crítica a sus contradicciones, podría servir para un roto y un descosido, aquí, en Europa, o en Haití. Sin embargo, en el prólogo de su reciente recopilación de textos Humanidades en acción (Edit. Rayo Verde) esta profesora de la UOC  (Universidad Oberta de Cataluya)  señala que, efectivamente, solemos afirmar que sin humanidades, claro está, no hay democracia, pero lo hacemos –dice- olvidándonos de la historia del siglo XX, cuando las sociedades aparentemente más cultas de la historia cometimos los crímenes más atroces y construimos las pesadillas políticas más terroríficas. Insistimos en que sin humanidades no hay tolerancia, pero olvidamos que el humanismo fue el núcleo ideológico de la colonización y de su proyecto imperial, racista y patriarcal. Sin humanidades no hay libertad, repetimos una y otra y vez, pero olvidamos que la cultura no ha sido sólo un recurso de la resistencia, sino que también es, de forma mucho más frecuente  de lo que pensamos, una herramienta de dominio y de construcción de marcos de dominación, tanto nacionales como de clase. Seguir leyendo «HUMANIDADES EN ACCIÓN CONVERSACIÓN CON MARINA GARCÉS»

AHORA MÁS QUE NUNCA, SEGUIR APRENDIENDO DEL FEMINISMO

El año pasado por estas fechas, coincidiendo también con la convocatoria de la Huelga feminista del 8 de Marzo, reconocía que no tengo ninguna duda en afirmar que el feminismo más radical – el que va a las raíces de las causas- me ha enseñado a pensar y sentir de otra manera y, en consecuencia, ayudado a modificar actitudes y comportamientos en mi vida cotidiana. Pensar críticamente supone también dejarse afectar y, en mi caso, así ha ocurrido cuando he aprendido de la vida, la experiencia y el conocimiento de muchas feministas, de todo tipo de condición y origen que han contribuido a pensar el mundo fuera de los parámetros normativos que encierran nuestras vidas en determinadas formas culturales codificadas.

Vaya por delante, por tanto, que este texto está escrito por un hombre blanco, europeo de clase media y heterosexual que, desde la reflexión autocrítica, trata de seguir investigando sobre nuestra condición dominante. Para avanzar en esa dirección tenemos a nuestra disposición gran cantidad de estudios –afortunadamente cada vez más y mejores- sobre la amplia gama de cuestiones (tan solo cito algunas) que remiten al análisis de las relaciones de poder que el sistema patriarcal ha establecido a lo largo de la historia: el control de la función reproductiva de las mujeres y su exclusión del ámbito público; la imposición de relaciones de dependencia en el ámbito privado; el poder ejercido sobre sus cuerpos, los efectos de las violaciones y el maltrato físico y psicológico sistemático; la vigilancia contra su plena autonomía corporal; las políticas de discriminación social y económica; las relaciones interdependientes entre cuerpo, raza y clase social; o sobre la construcción de determinadas formas de lenguaje sexista y subjetivación de conductas, como el humor machista, el amor romántico, la naturalización de los cuidados o la imposición de numerosos cánones de comportamiento social, incluida cierta concepción objetual y sexual de belleza femenina.

Ahora que las fuerzas políticas reaccionarias, machistas y xenófobas, se extienden por el mundo – al parecer ls emigrantes y las feministas han vuelto a despertar a la bestia dormida de la ultraderecha- es absolutamente imprescindible que tods, sobre todo los hombres con actitud autocrítica, volvamos a leer la historia para no olvidarnos de dónde venimos y cuántos esfuerzos ha costado conseguir nuestros derechos.

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LIBERTAD DE EXPRESIÓN. ROMPER LAS MORDAZAS.

Han pasado cincuenta años desde que, poco antes de que en muchos lugares del mundo surgieran las revueltas políticas de finales de los sesenta, Mario Savio –fundador y líder carismático de aquel pionero Free Speech Movemen (Movimiento Libertad de Expresión)- diera su célebre discurso de la Universidad de Berkeley contra las regulaciones y prohibiciones que limitaban la actividad política en el campus universitario. Allí advertía también sobre el sometimiento del conocimiento a los intereses del poder capitalista y a su(s) máquina(s) de guerra (Vietnam y la guerra fría aparecían como telón de fondo). En concreto, se refería a los saberes académicos, pero podrían haberse incluido también los medios de comunicación u otras formas de expresión (todavía no habían irrumpido las redes sociales). Al parecer, su premonición se está haciendo realidad: el fantasma del autoritarismo -que nunca llega a desaparecer del todo- se despliega de nuevo por todo el mundo; su ejército de fuerzas patrióticas reaccionarias, desde Rusia a EEUU pasando por Latinoamérica y esta Europa sin rumbo, se envalentona cada vez más y, con apariencias democráticas pero rostro despótico, despliega todo tipo de estrategias contra las libertades políticas, entre ellas la de expresión.

Jamás han existido tantas herramientas para producir noticias, opinión o contenidos culturales, medios para distribuirlos y tampoco, debido a la difusión que permiten las redes sociales, tantas maneras de ser afectados por ellas. Podríamos aventurar  que la libertad de expresión ya no tiene límites pero, paradójicamente está más amenazada que nunca. Seguir leyendo «LIBERTAD DE EXPRESIÓN. ROMPER LAS MORDAZAS.»

APRENDER DEL FEMINISMO RADICAL

Algunos personajes públicos, en apariencia progresistas y políticamente correctos – Javier Marías se ha convertido en el ejemplo local más comentado- no tienen reparo en proclamarse feministas de toda la vida para, unos minutos después, declararse contrarios a algunas prácticas militantes que ellos mismos se atreven a denominar, sin matices, extremistas y radicales. A mí me pasa todo lo contrario, me da mucho pudor hacerlo, pero no tengo ninguna duda en afirmar que es, precisamente, ese radicalismo feminista – el que va a las raíces de las causas- el que más y mejor me ha enseñado a pensarme de otra manera y, en consecuencia, ayudado a modificar actitudes y comportamientos en mi vida cotidiana, que en ningún caso se podría tachar de extremista. Tampoco titubeo al reconocer que me queda bastante que aprender.

 

Algo similar le debe pasar a la liberal Catherine Millet –al parecer también feminista-, principal promotora del manifiesto publicado en París hace unas semanas contra el movimiento #MeToo, la popular campaña internacional contra el acoso sexual a las mujeres. Esta escritora y crítica de arte encabeza una lista de más de cien mujeres francesas que tachan de puritanos y radicales los contenidos de la mencionada iniciativa internacional (aquí algunas conocidas lideresas se oponen abiertamente a la huelga, afirmando a la vez  que también están por la igualdad, incluso algunas, paradójicamente, se atreven a declararse feministas, matizan siempre que a su manera).

Mientras la polémica sobre ese debate ocupaba una parte importante de la atención mediática, otras informaciones relacionadas con las auténticas razones de fondo enarboladas por las denominadas, de forma despectiva, “feministas radicales” pasaban bastante desapercibidas. Esos mismos días nos enteramos de la enésima violación contra una niña, en este caso discapacitada, perpetrada por otra «manada» de hombres en un autobús de Marruecos. Poco después en Bobadilla (Málaga) se investigaba otra agresión sexual de un grupo de militares contra una compañera, y en Aranda de Duero (Burgos) la de varios jugadores de fútbol contra una menor.

Estas noticias forman parte de una cadena interminable e inadmisible de hechos que dan cuenta de una realidad internacional incontestable, demasiadas veces silenciada o, cuanto menos, atemperada por la corrección política: el aumento incesante de la violencia contra las mujeres, homosexuales y transexuales, que en todas sus formas, las más brutales y las más sutiles -micromachismos-, casi siempre está perpetrada por varones. No hace falta alejarse de París, desde donde se piensa el manifiesto contra #MeToo, para comprobar como muchas habitantes de los barrios y estratos sociales más marginales de esa misma ciudad viven excluidas del espacio público, subyugadas por diferentes formas de opresión heteropatriarcales y de clase.

La “libertad de importunar”, sin ningún tipo de matiz entre seducción, provocación y acoso, defendida por ese grupo de mujeres, encabezadas por Millet, contrasta trágicamente con la ausencia de derechos de la niña magrebí o de otras tantas mujeres del mundo, para las que la libertad de elección brilla por su ausencia, porque, parafraseando a Gayatry Ch. Spivak, el miedo y la condición de sujetos subalternos determinan su existencia para toda la vida. Por ejemplo en la India, lugar de origen de esta brillante pensadora poscolonial y autora del célebre ¿Pueden hablar los subalternos?, el propio gobierno afirma que, respecto a lo que sería la tendencia natural de los nacimientos, en este país faltarían 63 millones de mujeres; una desproporción motivada por los abortos selectivos, la desaparición de hasta medio millón de fetos femeninos recién nacidos o por la muerte prematura de otros tantos miles, causada por la discriminación de las hijas frente a los hijos en los tratamientos médicos y nutritivos.

La violencia estructural contra las mujeres no solo se circunscribe a los actos homicidas explícitos, sino que se extiende a situaciones más complejas que incluyen la trama social, política, cultural, institucional y económica que la propicia, la encubre y permite que no se desplieguen, de forma mucho más eficaz, los mecanismos institucionales para que no quede impune. Marcela Lagarde, referente del feminismo en Latinoamérica y fundadora de la Red de Investigadoras por la Vida y la Libertad de las Mujeres, a raíz de las indagaciones y acciones contra los asesinatos continuados en Ciudad Juárez (México), comenzó a utilizar el término «feminicidio» para nombrar el acto de matar a una mujer por el simple hecho de su pertenencia al sexo femenino; a la vez, intentó dar a este concepto un significado político para denunciar la inactividad de las instituciones internacionales y de los Estados en la lucha eficaz, contundente, seria e inflexible contra estos brutales crímenes y sus autores.

Angela Davis, Nancy Fraser y Linda Alcoff
Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Rosa Clemente
Zillah Eisenstein, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor

Frente al carácter eurocentrista y liberal del manifiesto francés, otros que han surgido en apoyo a la huelga de mujeres del 8 de marzo, como el promovido por Angela Davis, Nancy Fraser, Linda Alcoff, Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, Rosa Clemente, Zillah Eisenstein, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor, se inscriben en la tradición internacionalista, anticapitalista y antipatriarcal y afirman que, para entender y avanzar en la lucha por la liberación de la mujer y de todas las voces subalternas, es necesario comprender la manera en que funciona el capitalismo y desmontar su hegemonía cultural. Ya sea en el trabajo o en la casa, en las calles o en el campo, en las cárceles o en los centros de detención para migrantes -concluye la proclama encabezada por la activista Davis- la violencia machista, con su particular impacto racista, sigue acechando y amenazando la vida cotidiana de las mujeres.

No todos los hombres somos por naturaleza violentos, claro está, pero tendremos que reconocer, de una vez por todas, sin tapujos demagógicos, excusas eruditas, correctos eufemismos políticos, ni subterfugios intelectuales, que durante muchos siglos hemos sido -seguimos siéndolo- dueños, señores y ejecutores de un sistema fundamentalmente patriarcal. Como dice Rita Segato, en Las estructuras elementales de la violencia, aún persiste, a través de numerosas capas de poder, una “violencia estructural” contra las mujeres y, en cierto modo, también contra nosotros mismos, en la medida que nos impide librarnos de nuestra masculinidad dominante y empezar a construir, de la mano del feminismo, otras subjetividades. Por muy lamentable que sea, todavía estamos a años luz de que las cosas cambien, a pesar de que las promotoras del manifiesto francés piensen que no es así.

GIGANTES, MUJERES BARBUDAS Y GENTE RARA

Hace unas semanas Paul B. Preciado escribió un bellísimo artículo en el diario ara.cat  donde nos contaba que había vuelto temporalmente a Burgos, su ciudad natal, para cuidar de su madre: “La habitación de hospital –decía- se vuelve un teatro público en el que mi madre y yo luchamos, no siempre con éxito, por restablecer los roles. Para presentarme, mi madre dice: ‘Es Paul, mi hijo’. La respuesta es siempre la misma: ‘Yo pensaba que tenías solo una hija’. A lo que mi madre contesta, mientras mueve los ojos hacia arriba y hacia la derecha intentando imaginar una solución en medio de un callejón sin salida retórico: ‘Sí, tenía solo una hija y ahora tengo un hijo’”. El filósofo feminista, destacado por sus aportaciones a la teoría queer (término que se utiliza en la cultura anglosajona para denominar lo raro), concluye el texto diciendo: “No es nada fácil ser madre de un hijo trans en una ciudad profundamente conservadora donde tener un hijo maricón es peor que tener un hijo muerto”.

Salvando las distancias, a mediados del siglo XIX, en plenas guerras carlistas (Dios, Patria y Rey), algo parecido debió sentir Miguel Joaquín Eleizegi Arteaga, el mítico personaje guipuzcoano conocido como el Gigante de Altzo, sobre el que ahora tanto se habla gracias al éxito cosechado por la película Handia (grande en castellano) en los recientes premios Goya.

En algunos de sus escritos llegó a autocalificarse como “engendro o aborto de la naturaleza”. Su monstruosidad, una vez convertido en moneda de cambio por mor de la economía del mercado, le llevó a viajar por toda Europa para exhibir ese cuerpo deforme que, para mayor rareza, se expresaba en euskera, una lengua tan extraña como su peculiar y singular condición biológica. En la película, además del idioma propio del personaje, se escucha el español, inglés, francés y algunas frases en portugués y árabe en una acertada metáfora sobre las paradojas y contradicciones de la diversidad. La escena en la que la jovencísima reina de España Isabel II se mofa del gigantismo y de la forma de hablar de Miguel Joaquín nos ayuda a comprender las dificultades de vivir con una doble excentricidad, a la vez cultural y natural. Seguir leyendo «GIGANTES, MUJERES BARBUDAS Y GENTE RARA»